Queridxs lectrxs:

La semana pasada nos dedicamos a una labor invisibilizada en el mundo de las librerías pero habitual en el mundo comercial: hicimos inventario. El inventario es un proceso largo, a veces tedioso, que tiene que realizarse a puerta cerrada. El objetivo es confirmar que lo que el software dice que hay (dos ejemplares de este libro, cuatro de aquel otro) efectivamente existe, está en el mundo concreto de la librería.

Su propósito es también la causa de por qué no puede realizarse manteniendo la venta al público: no es posible encontrar, contar y comprobar si al mismo tiempo hay personas moviendo libros, comprando y preguntando. El Inventario es una fotografía exacta de la librería en un momento determinado pero en lugar de imágenes, colores, texturas, profundidad y matices es una hoja de excel con filas y filas de registros, sus existencias y precios. Y como cualquier fotografía que se precie (salvo que sea del mundo mágico), debe estar estática.

Hacer inventario es una frase que genera un poco de temor y algo de ansiedad. Razones sobran pero puedo pensar en dos. La primera es porque se dirá adiós a la incertidumbre y hola a certeza: si había alguna duda sobre el destino de un libro que durante meses no encontrábamos en su lugar pero se albergaba alguna esperanza de que estuviera en otro sitio, una vez terminado el inventario sólo hay dos posibilidades: el libro está o no está. Y si no está, si efectivamente hay una discrepancia, no queda más que aceptar la pérdida (monetaria pero también existencial) y aceptar que, lo más probable, es que en algún momento alguien haya sustraído el libro. La segunda razón es más profunda: el temor y la ansiedad aparecen porque el inventario es, de forma profunda, un procedimiento que evalúa la gestión de les libreres. ¿Está el libro en su sección correspondiente? ¿La cantidad de ejemplares coincide? ¿Todos los ejemplares que están en bodega también están exhibidos? Todas esas respuestas las tiene el inventario y es implacable con sus resultados.

Después de dos o tres días, le librere podrá saber con certeza cuántos libros le faltan (o le sobran) y saber, a ciencia cierta, qué tan en orden ese microuniverso en el que vive todos los días.

En nuestro caso el proceso del inventario fue útil para realizar una tarea que no habíamos previsto. Es apenas un detalle pero, como todos sabemos, el diablo está en los detalles.

En la segunda entrega de este newsletter Agustina escribió algunas ideas sobre la ya clásica confusión entre librería y biblioteca. La pregunta ¿Aquí qué es? se sigue repitiendo y, cada vez que nosotres la escuchamos, a veces en formas extremadamente rebuscadas, volvemos a pensar en las causas que motivan la duda y también encontramos características que nos diferencian. En este caso, somos una librería porque nuestros libros siempre tuvieron un número que implícitamente significaba el precio y ahora también tienen, antecediendo a ese número, el signo de pesos que explícitamente denota costo.

$250 escrito en la primera página del libro o, si tiene retractilado, en la contratapa. Con lápiz o con plumón. Esta característica no existe en los libros de las bibliotecas (la razón es obvia), la biblioteca es ajena al signo de pesos y abraza otras etiquetas, principalmente la que describe la clasificación interna del libro.

Mientras hacíamos inventario fuimos agregando el signo pesos (la cifra ya estaba en la mayoría de los casos) y, aunque fue un trabajo monótono, nos dejó con la satisfacción de haber hecho algo necesario. En la comunicación siempre se agradece la claridad.

El inventario terminó a principios de esta semana y El Entusiasmo, y por ende sus libreres, aprobaron el examen. Como recompensa podemos volver a lo que más nos gusta: recomendar y vender libros.

Samuel

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