Queridxs lectorxs:
No es ningún secreto que una librería está romantizada. Mucho se ha escrito, teorizado y dialogado sobre este espacio, desde cómo se construye hasta aquello que se busca transmitir: felicidad, calma, emoción… entusiasmo. Con permiso de Borges, y parafraseándolo, también sería una especie de paraíso.
La Librería es, por consenso de quienes se consideran lectorxs, un lugar que hace bien. Un lugar al que se llega por un deseo (encontrar un libro) y del que une se va, casi siempre, satisfecho (ya sea porque encontró lo que buscaba o, mejor aún, descubrió algo que ni siquiera sabía necesitaba). La Librería, un sitio gozoso del que siempre se sale contento.
¿O no?
Una emoción negativa que puede generar La Librería es frustración. Es pasajera pero ocurre con relativa frecuencia, especialmente en librerías independientes con un catálogo curado, cuando le lectore no encuentra el libro que busca, ya sea porque no está dentro de los márgenes de la curaduría o, peor aún, porque el libro se agotó pues corresponde mucho al catálogo. Llegar a una librería convencido que se saldrá de ella con un libro y terminar con las manos vacías es una experiencia frustrante pero, dentro de todo, común.
Hay otra mucho más esporádica, en la que la frustración deriva en berrinche, y cuya causa está en las antípodas de la falta de un libro: el motivo son los demasiados libros.
La escena es sencilla: llega una persona y pregunta por novedades. Casi siempre podemos recomendar dos o tres títulos que sabemos que serán de su interés. Pero a veces el universo es nuestro cómplice y justo, justo, justo ese día, o el anterior, o al inicio de la semana, recibimos muchas novedades de aquello que le interesa. Esa persona aún no lo sabe pero en el rato que esté en La Librería experimentará emociones muy contradictorias: alegría y entusiasmo por aquello que encontró y una mezcla de enojo y frustración que terminará en berrinche pues no estaba preparada para tanto y va a tener que elegir.
Tener que elegir es volver a la infancia, al momento en el que los papás, con su modo más formal, nos decían: no puedes llevar las dos cosas, tienes que escoger entre el chocolate o las galletas. Era una victoria con un poco de sabor a derrota. Nos llevábamos algo pero dejábamos otra cosa y persistía la sensación de la posible equivocación.
Si en la infancia escoger entre dos golosinas significaba un gran esfuerzo, para une lectore optar por un libro u otro es una misión casi imposible. La última lectora que pasó por esta situación gritó deseando no seguir encontrando libros, maldijo primero los precios, después su salario y por último al sistema, caminó en círculos, leyó en repetidas veces las contraportadas y al final sostenía varios libros en cada mano como si la elección fuera a recaer en el peso de los ejemplares.
Igual que en la niñez el berrinche siempre termina. De alguna manera la mente entra en razón y la inevitable decisión es tomada. La lectora había armado una pila de más de diez libros y finalmente escogió cuatro aludiendo razones teóricas, estructurales y económicas. El resto volvió al librero pero no durarán mucho ahí. La ventaja de ya no ser niñe es que no hay que esperar a que nuestros padres nos compren la golosina que faltó, podemos simplemente volver.
Y esta lectora, pasado el berrinche, mientras se iba feliz con sus tesoros lo anunció: la próxima semana vuelvo por los que dejé.
Samuel

